Un chorro de luz plateada
baña la cerámica de mi habitación.
Justifica dejar una hoja de cortina abierta
aunque
me aturda el sol mañana.
No
importa…
Lo paga bien el vaivén de las copas de los
pinos
mareados con el viento,
borrachos de luna.
El sonido estridente de las ramas
castigando
el techo de chapa,
hace que cobre sentido el momento.
No solo es ruido, es identidad,
es susurro de conciencia.
La veleta con el gallo del tejado del vecino gira
loca,
mientras hojas amarillas se dejan llevar
en un mar de canaletas rebosantes.
Se arremolina el viento entre las ramas de la
mora
y el nogal deja caer su herencia sin control.
A la escena se incorporan silenciosos
los
pasitos acolchonados de mi gato.
Se arrima lentamente al ventanal
mientras mira con asombro
el temporal que ruge
afuera.
Se estira, bosteza y se vuelve ronroneado,
regodeándose en su suerte, de nuevo a dormir.
Su expresión de placidez amodorrada
me hace
sonreír.
Vaga el pájaro cantor, atolondrado,
en busca de una rama
que sea amable y
contundente
para resistir hasta que San Pedro
esté de nuevo
con humor.
Una horqueta del árbol de níspero
se ofrece de
refugio
y allí aguarda
por la calma,
observando atentamente el cielo,
igual que yo.
Parece un cuadro
en movimiento,
con la luz
crepuscular perfecta.
Me acurruco para dormitar un poco más,
mientras disfruto la vista.
Hermosa,
plateada, ideal…
Arrulla mis
sueños la alborada,
me llena de
paz.